domingo, 12 de agosto de 2012

SEXISMO VERBENERO

El machismo en las letras de las canciones no es cosa del pasado. Desgraciadamente no se ha quedado en antiguas canciones de Manolo Escobar como "No te cortarás el pelo", "No tengas celos" o ese gran clásico que es "La minifalda" con frases que son auténticas perlas del machismo musical ( "A mi novia le he prohibido que vaya sola a la plaza", "No me gusta que a los toros te pongas la minifalda"). En la actualidad, a pesar de los avances conseguidos, estilos musicales como el rap o el reggaeton contienen algunas de las letras más denigrantes para el sexo femenino. 
 Este verano, en alguna noche alargada algo más de la cuenta, he tenido la oportunidad, más que el honor, de presenciar un par de discotecas móviles que los ayuntamientos tienen la bondad de ofrecer a sus jóvenes en  plazas, frontones y polideportivos. Además de constatar como el reggaeton que personalmente detesto, monopolizaba la selección de temas musicales del DJ, resulta curioso como sus letras iban del empalago más cursi a la obsesión por el meneo y movimiento de trasero de las mujeres.

La cadena de supermercados Sainsbury's anunciaba este disco recopilatorio ideal  para las tareas del hogar. Hasta ahí bien, el problema es que lo recomendaba como regalo del día de la madre.

 Esta tortura musical me recordó una anécdota ocurrida hace unos veranos. Estábamos disfrutando de una orquesta en directo en las fiestas del pueblo de una compañera. Siempre he defendido a estos músicos de carretera, auténticos currantes que igual te cantan a la perfección el éxito de turno como montan un foco en el escenario. El caso es que la orquesta  se estaba dando un merecido descanso en el intermedio de su espectáculo y una discomóvil improvisada amenizaba la espera. En ese momento empezó a sonar un merengue con el impactante título de "Te compro tu novia". Todos nos miramos incrédulos al escuchar las bestialidades que impregnaban las estrofas de la canción: 

 Te compro tu novia 
                                                                   pues tú me has dicho como es ella 
                                                                   y me gustó la información. 

                                                                   Te la compro 
                                                                   pues nunca he tenido suerte 
                                                                   con las que he tenido yo. 

                                                                   Te compro tu novia 
                                                                   no voy a regatear el precio 
                                                                   ni de pronto el valor. 

                                                                   Te la compro 
                                                                   no creo que saldría cara 
                                                                   ni aunque cueste un millón. 


Parecía que éramos los únicos en darnos cuenta de la letra, pues el resto de la gente que ocupaba la plaza (familias, adolescentes, niños...) bailaban tranquilamente. La canción continuaba y su letra aún  resultaba más escandalosa, lo que enfurecía especialmente a dos amigas del grupo.

                                                                   Pues tu me has dicho que 
                                                                   es linda y apasionada 
                                                                   y es buena y adinerada 
                                                                   no cela nunca por nada 
                                                                   y sabe hacerlo todo en la casa. 

                                                                   No sale ni a la esquina 
                                                                   no habla con la vecina 
                                                                   no gasta y economiza 
                                                                   y todo lo resuelve tranquila. 

                                                                  Véndela, véndela 
                                                                  o dile a su madre que me fabrique otra igualita. 
                                                                  Véndela, véndela 
                                                                  si quiere una mia por ella te las cambio toditas. 

La letra hablaba por sí sola y mis indignadas amigas decidieron ir al DJ a protestar por esa elección y a exigir que no la pusiera más por ser altamente ofensiva. El DJ, sorprendido por la inusual reivindicación, alegó la aceptación popular del tema en su defensa... Probablemente fue lo primero que se le ocurrió, porque dudo mucho que esta canción de un tal Ramón Orlando sea tan popular en España. Sé que a algunos os parecerá exagerada la actuación de mis amigas, pero pensad que si no fuera por estos pequeños gestos estaríamos favoreciendo de algún modo que se asuman como normales las virtudes de buena esclava que reza la canción. Además, lo deseable hubiera sido que , en vez de reírnos por las burradas de la canción, alguno de los chicos hubiéramos colaborado en la protesta. El sexismo, venga de un lado o del otro, ha de ofendernos a todos por igual.



lunes, 16 de julio de 2012

TENER O NO TENER... UN GATO


La idea de tener un gato le rondaba la cabeza desde hace unos meses. Los consideraba unos animales bonitos y que podían proporcionarle la compañía perfecta en su piso. Le apetecía sentir una presencia amable en su entorno e incluso tener la responsabilidad de atender al animal en todos los cuidados necesarios. Además, sabía que los gatos no implicaban tanta dependencia como los perros, pero algo la frenaba a la hora de tomar la decisión. 
 Ella era una mujer independiente, moderna y al tanto de las últimas tendencias en diseño, arte y cultura. Mezclaba con naturalidad la proyección de una imagen sofisticada de sí misma con un carácter abierto, divertido y dulce con el que se integraba perfectamente en todo tipo de entornos. Del mismo modo, congeniaba con un amplio abanico de amistades, así que, cuando el trabajo se lo permitía, disfrutaba de una buena diversidad de actividades de ocio. La idea de adquirir un gato simplemente iba a hacer más agradable sus horas consigo misma en casa.
 Aunque tenía personalidad sobrada para no hacer caso de tonterías y tópicos, había un cliché relacionado con las mujeres solteras y los gatos que le resultaba incómodo. Su estado sentimental no era para nada definitivo y era absurdo que la presencia de un pobre gato supusiera un síntoma de soltería permanente o de condena a una futura relación estable. Cuando se ponía a pensar en ello le asaltaban imágenes como ésta:


No quería acabar siendo una vieja solitaria rodeada de gatos, o lo que es peor, no quería que un gato fuera el inicio de una irremediable degradación mental: "la loca de los gatos" se decía a sí misma riendo. Sabía que exageraba pero no acababa de decidirse, especialmente cuando veía noticias como la de esta mujer rusa: 


Pero un día cayó en la cuenta de otro tópico gatuno diametralmente opuesto a los anteriores... Audrey Hepburn en "Desayuno con diamantes". Aunque ella no necesitara proyectar ningún tipo de imagen más que la de ser ella misma, ese icono de la sofisticación y elegancia que desprendía la mítica película romántica, le hacía mirar con otros ojos la idea de tener un mimoso felino.



Era cierto que durante la película, el personaje de Audrey pasaba por dramáticos altibajos, pero su gato siempre estaba para darle una dosis de afecto. Además, es gracias a su gato que su historia de amor culmina de la mejor forma posible. Al recordar esta escena, este cliché eclipsó a todos los demás y ya no tuvo ninguna reserva en comprarse un gato. Eso sí, esta decisión sólo podía ser revocada en el caso de que aquel afortunado que tuviera el honor de ser el hombre de sus sueños, fuera alérgico a los gatos.


Para aquella que se va a sentir aludida con sólo leer el título

martes, 10 de julio de 2012

EL ÁNGEL DE LA PLAYA


De entre las múltiples preguntas que suelen hacer los alumnos, la que probablemente me da más rabia es: "¿Y esto que explicas para qué me sirve?"  Reconozco que hay ocasiones en las que es algo complicado dar una buena respuesta, pero lo peor es que esta queja te indica que lo que les estás contando no tiene mucho interés para ellos.
Hace unos días llegó a mis manos el relato real de Tilly Smith, un ejemplo de cómo atender las explicaciones del  profesor puede salvarte la vida. El próximo curso, contaré esta historia sin dudarlo al primero que me haga la dichosa preguntita :

En diciembre de 2004 la británica Tilly Smith de diez años de edad, estaba en Phuket (Tailandia) pasando las vacaciones de Navidad junto a su familia. La mañana del 26 de diciembre, Tilly estaba dando un paseo por la playa junto a su madre y observó una serie de extraños fenómenos en el agua: había como un burbujeo incesante en la superficie y un brusco retroceso del agua en la orilla. Del mismo modo, observó como unas embarcaciones en el horizonte se movían como afectadas por un violento oleaje. Tilly no tardó en relacionar todos estos indicios con lo que su profesor de Geografía, Andrew Kearney, les había explicado en clase dos semanas antes. Sin duda, ese anómalo burbujeo y esos movimientos eran los indicios de un tsunami.
  Tilly alertó a su madre, quien en principio no tomó muy en serio las advertencias de su hija. La niña se exaltó de tal manera que su madre accedió a volver al hotel. Segura de sí misma, Tilly convenció al personal de seguridad del hotel para que organizaran el desalojo de la playa. En unos minutos, casi un centenar de clientes subían por las escaleras del edificio mientras la gran ola arrasaba la costa. El nivel del agua llegó hasta la segunda planta del hotel.
Aunque el devastador tsunami de Tailandia tuvo más de 200.000 víctimas mortales, la proeza de Tilly contribuyó a salvar la vida de un centenar de personas entre turistas y personal del hotel. De regreso al Reino Unido, Tilly fue recibida como una heroína y la prensa sensacionalista la etiquetó con el nombre de "El ángel de la playa". Durante algunos meses, Tilly desarrolló una fobia al mar debido al impacto sufrido. Hoy en día, ha superado su pánico al agua y de hecho, regresó a Tailandia en el aniversario del desastre para ser condecorada por su acto de valor.

Ya puede estar bien orgulloso el Sr. Kearney, y no sólo porque sus alumnos le escuchan con atención sino porque son capaces de aplicar en la vida real lo aprendido en clase... el culmen de todo proceso de aprendizaje.


 A todos mis compañeros docentes, para que no decaiga vuestro ánimo ante nuestro particular tsunami en forma de colosal e implacable tijera

sábado, 30 de junio de 2012

LO QUE NO ES TRADICIÓN ES PLAGIO


Una de las virtudes de mi trabajo es que cada curso conoces nuevos compañeros, especialmente si vas cambiando de centro educativo. He trabajado en diez institutos de secundaria y por tanto, he compartido trabajo con una amplísima variedad de profesores. Este año he tenido la suerte, por qué no decirlo, de coincidir con Urbà Lozano: profesor de llengua valenciana y escritor. 
 Es cierto que me enteré de esta actividad paralela gracias a que sus compañeros de departamento colgaron una noticia en la sala de profesores en la que se hablaba de un premio recibido por su última novela. Urbà Lozano ha publicado "La màquina ronca" Premi Vila de Puçol 2005, la recopilación de cuentos "Femení singular" Premi Vila de Teulada 2006, "Plagis" Premi de narrativa Ciutat de València 2007,  y la recientemente publicada "La trampa del desitg" Premi de novel.la Ciutat d'Alzira.
 Aunque no era precisamente uno de los compañeros con los que más coincidía, me apeteció leerme alguna de sus obras y empecé por "Plagis". En esta novela, su principal protagonista recibe un premio literario sin que él haya presentado obra alguna a ningún certamen. Este es el punto de arranque de un conjunto de historias encadenadas donde el lector salta de un personaje a otro sin que en ningún momento se pierda el hilo conductor que une a todos ellos. Así, el misterio, el crimen, el amor, la juventud, la enseñanza o las relaciones familiares, se dan cita en esta novela que mantiene el interés hasta cerrar, de forma magnífica, el círculo de historias y personajes en el mismo punto de partida. A pesar de la diversidad de sus tramas, la novela mantiene un tono divertido, un sentido del humor que la hacen aún más entretenida. Me ha resultado especialmente curioso la descripción de los diferentes barrios de la noche valenciana, así como el  ingenioso uso del léxico o la repetición de ciertas expresiones. 
 Haciendo honor a su título y como explica el mismo autor al final del libro, la novela está salpicada de expresiones tomadas de otros autores. Estos préstamos u homenajes reafirman la máxima de "lo que no es tradición, es plagio" como dando a entender que la originalidad es algo utópico. Desde luego, no siempre "lo que nadie había hecho antes" tiene por qué ser interesante y la buscada originalidad, en mi opinión, no es más que un aliciente más en toda obra artística. Por eso y aunque pueda resultar contradictorio,  me atrevo a afirmar que "Plagis" no sólo es entretenida, divertida y narrativamente interesante, también es "original"... En el mejor sentido del término.

Y como me gustó tanto, superando cierta timidez, le pedí al autor que me firmara mi ejemplar de "Plagis"

"A Lluís, amb afecte i estima, i pagat pel fet que "Plagis" li haja sigut una lectura plaent"

Última novela de Urbà Lozano, ya a la venta.


martes, 15 de mayo de 2012

LA CHICA QUE LLORABA EN CLASE


En los últimos 11 años que llevo impartiendo clases en academias, institutos y algún domicilio particular, habré atendido a cerca de un millar de alumnos. La cifra abruma y lógicamente no puedo recordarlos a todos, mucho menos sus nombres. Hay algunos alumnos que, para bien o para mal, han dejado una huella firme en mi memoria, y por eso no he podido olvidar sus nombres. Pero a pesar de esto, de vez en cuando tengo que revisar los cuadernos que guardo al finalizar cada curso y refrescar la memoria.
 Esto me ocurrió hace poco cuando vi a una antigua alumna en un centro comercial. Aunque su nombre no me vino a la mente , rápidamente la reconocí como "La chica que lloraba en clase".
Era una alumna que cursaba 1º de la E.S.O. en un centro donde trabajé hace ahora 3 cursos. Era extremadamente tímida e inaccesible. Solía sentarse sola y era aplicada en el trabajo, pero parecía que no prestaba la suficiente atención. Durante el transcurso de algunas clases, se ponía a llorar desconsoladamente sin ningún motivo aparente. Nadie se había metido con ella ni la había provocado de ninguna manera. Sus compañeros la miraban extrañados y tratabas de calmarla, pero resultaba difícil alejarla de su tristeza.
Enseguida nos informamos de sus detalles familiares y no había nada realmente grave o preocupante: vivía con su madre y sus abuelos en un ambiente estable. Fuera del instituto se relacionaba únicamente con sus familiares, protegida, quizás excesivamente, en un entorno de adultos. A sus doce años, no tenía ningún amigo de su edad. Además, no había nadie en su curso que proviniera del mismo colegio que ella. 
 Animamos a sus compañeros de clase para que la integraran en el grupo, pero ella se mostraba reacia. Era desolador verla en el recreo apoyada en una pared con su bocadillo observando a la ruidosa multitud invadir el patio entre gritos, risas y balones cruzándose de un lado a otro. Daba pena ver cómo no estaba disfrutando de unos años que deben estar llenos de diversión, pequeña rebeldías, nuevas experiencias y aprendizajes que curso a curso van construyendo la personalidad propia. Imagino que no supo asumir el cambio que se vive al pasar de un colegio al instituto. Ese ambiente bullicioso; los pasillos repletos de gente yendo de un aula a otra; la amplia gama de caracteres, grupos y estilos que pueden concentrarse entre las paredes de un aula... Todo ello la aturdió, le vino tan grande que no supo reaccionar. Se vio por primera vez en su vida en la tesitura de tener que hacer amigos, relacionarse y no sabía cómo.
Meses después dejó de llorar en clase. No era un ejemplo de sociabilidad  pero había hecho tímidos avances: sonreía medio a escondidas ante las ocurrencias de algún compañero y participaba en clase si se lo pedías. Acabó el curso y me quedé tranquilo al pensar que en unos meses más su grado de integración sería el adecuado. Nunca volví a ese centro.

* * * * *
Hace unos días estaba echando un vistazo en la sección de música de un gran almacén. Vi a un grupo de 3 chicas que se paseaban por esa zona. Ella era una de ellas. Ahora tendría unos 16 años, se había puesto guapa para salir con sus amigas, incluso se apreciaba sutilmente un poco de maquillaje en su cara. Reía con sus acompañantes irradiando esa autosuficiencia adolescente tan característica, esa actitud tan ingenua y a la vez entrañable de creerse capaz de comerse el mundo. Se la veía feliz, libre y desinhibida. Me quedé contemplándola unos segundos y me alegré de comprobar que sus problemas habían terminado. El que en muchos casos es el difícil tránsito de la adolescencia, estaba pasando por ella de forma natural y sin complicaciones. Me dio rabia en ese momento no recordar el nombre de la chica que lloraba en clase. Cuando llegué a casa, fui corriendo a revisar mis cuadernos de profesor en busca de su nombre.