domingo, 30 de septiembre de 2012

DOLORES



 Dolores García Duarte se vanagloriaba de considerarse una “Señora” y hacía uso del término con un orgullo y una exclusividad que dejaba de lado a buena parte de sus vecinas. Para Dolores, ser una Señora no tenía por qué venir de nacimiento, pero sí después de muchos años de educación y aprendizaje a los que muchas mujeres de su barrio no habían tenido acceso. O al menos, eso pensaba Dolores.
 La corrección al hablar, el saber estar o los modales en la mesa, formaban parte del atuendo de Dolores; tanto como sus ceñidas chaquetas, su mínimo maquillaje y el pétreo cardado, a prueba de vendavales, que erguía su anciana figura dándole un aspecto inusualmente estilizado para sus 77 años.
 Bajo esa impecable escafandra se escondía una mujer que desprendía un leve halo de amargura: unos hijos y nietos que la visitaban con cada vez menos frecuencia y una añoranza diaria a quien fue su marido y compañero, Roberto.
 Si Dolores era una Señora de los pies a la cabeza, Roberto era, por supuesto, todo un caballero. Roberto falleció en alta mar, en el barco de un conocido empresario con quien iba a iniciar unos supuestamente prósperos negocios. Dolores no acudió a la cita por su propensión a marearse y gracias a ello salvó su vida.  Todavía se desconocen los motivos del hundimiento del barco, y entre los cuerpos que nunca se hallaron estaba el de Roberto. El hecho de no haber podido dar a su marido cristiana sepultura era uno de los pesares que arrastraba Dolores. Mientras sus amigas acudían con regularidad al cementerio para honrar a sus muertos, Dolores acudía al puerto, el lugar más cercano posible a los restos de su difunto marido. De pie en el muelle, entre el ajetreo de la actividad diaria del puerto y con el olor a pescado que desprendían las redes amontonadas a su lado, Dolores mantenía largas conversaciones sin respuesta con el mar. Dolores aceptaba su viudedad con resignación, llevarla dignamente era como un requisito más para considerarse una respetable Señora.
 Cada mañana acudía al supermercado, pocos minutos después del horario de apertura.  Evitaba la compra de varios días por dos razones: una por no ir tan cargada de peso y la otra por su obsesión por consumir siempre productos frescos. A pesar de que el edificio donde vivía desde hace más de cincuenta años contaba con un ascensor desde hacía una década, Dolores prefería subir a pie con su reducida bolsa de la compra hasta su casa en el segundo piso. De este modo, cubría los minutos de ejercicio físico que recomendaba su médico.
 La insistencia de sus hijos en contratar a alguien que le ayudara a mantener la casa era interpretada por Dolores como una forma de limpiar su mala conciencia por la ausencia de visitas. Además, Dolores era muy desconfiada y recelosa de sus pertenencias, sin contar con la casi milimétrica posición que ocupaban los diferentes objetos de su casa. Un orden que seguramente sería fácilmente vulnerado por las manazas de cualquier contratada. También desconfiaba de los avances tecnológicos, sobre todo en los asuntos del dinero. Por eso Dolores era enemiga de tarjetas y sacaba su asignación mensual en caja, a pesar de las insistentes recomendaciones de los empleados de su banco.
 De lo que no era consciente Dolores era de su ligera pérdida de agudeza visual. Así pues, si bien ella pensaba que mantenía su hogar limpio y reluciente, una fina pero ya establecida capa de polvo cubría algunos rincones y objetos que se libraban de la cansada vista de Dolores. A la pérdida de visión le acompañaban unos inofensivos despistes que empezaban a ser una costumbre.
 Una mañana del mes de marzo, el despiste en cuestión fue olvidarse el monedero sobre la cómoda del salón cuando bajó a hacer su compra diaria.
 Dolores caminaba hacia el supermercado ajena a su olvido, con la cabeza alta y una expresión  seria en su rostro. Sólo cuando se cruzaba con alguna persona conocida, ladeaba mínimamente la cabeza y arqueaba sus labios ofreciendo una leve sonrisa que susurraba un escueto “Buenos días”. En el supermercado, antes de incluir los productos en su cesta, los examinaba minuciosamente y los observaba dándoles varias vueltas entre sus manos. Todo un ritual diario que provocaba la mofa del personal de la tienda sin que ella fuera consciente.
 Esa mañana, una vez terminada la selección, Dolores esperaba en la cola de la caja del supermercado. Un hombre, a quien Dolores había dejado pasar amablemente, pagaba simplemente una lata de cerveza. El hombre, de aspecto ajado y olor penetrante, rebuscaba entre sus dedos la moneda más adecuada para pagar. Dolores disimulaba su incomodidad por el hedor que le llegaba, fingiendo que se sonaba con su pañuelo de tela con las iniciales de Roberto bordadas. Finalmente, la valiente cajera rescató de la ennegrecida mano del hombre una moneda de un euro, terminando así con su compra.
  La cajera pasó por el detector los productos que había adquirido Dolores: un paquete de servilletas de papel, tres manzanas compradas al peso, un filete de lenguado, un manojo de zanahorias y un pack de cuatro yogures desnatados.
 El precio total era de 6 euros con 56 céntimos. Dolores extrajo de su bolso su cartera y sacó de la misma un billete de 5 euros, seguidamente y tras guardar la cartera se dispuso a buscar su monedero. Por más que revolvía en su interior, el monedero no aparecía por ningún lado; olvido que la autoexigencia de Dolores no podía permitirse. Probablemente todo se zanjó en un par de minutos pero para Dolores fue un auténtico calvario. Avergonzada y sudorosa, como si hubiera cometido el más terrible de los pecados, Dolores confesó la posibilidad de su olvido a la cajera y la imposibilidad de pagar el euro con 56 céntimos restantes. Inexpresiva ante el sofoco de Dolores, la cajera le preguntó cuál de sus productos quería desechar. Dolores estaba confusa, incapaz de decidir ante la novedad de la situación y sin atreverse a mirar al resto de gente que hacía cola detrás de ella.
 De repente, una voz conocida acudió en su ayuda; una voz que se abrió paso entre el pánico y la angustia que envolvían a una paralizada Dolores. La voz en cuestión era de Mari, la vecina del primer piso, quien se ofrecía a prestarle las monedas que le hicieran falta, adornando su ofrecimiento con frases como “Para eso estamos las vecinas” u “Hoy por ti mañana por mí”.
 Todos los presentes fueron testigos de cómo Mari prestó el dinero a una Dolores rendida y apabullada de tal manera que apenas pudo pronunciar un inaudible “gracias”. Mari, la misma Mari cuya escandalosa risa se oía por toda la escalera, la misma Mari cuyo marido había sido expulsado del bar de la esquina en más de una ocasión, la misma Mari que por no tener categoría de “Señora” se quedó en Mari y no en María.
 Aturdida pero a un paso más acelerado de lo normal, Dolores salió del establecimiento bolsa en mano con el urgente y firme propósito de llegar a casa, dejar la compra, coger el monedero y bajar a la puerta de su vecina a devolverle el euro con 56 céntimos. Se consolaba pensando que cuánto más pronto concluyera todo, más reducida sería la mancha que había quedado en su intachable expediente de corrección y en su labrado estatus de “Señora”.
 Subió las escaleras a una inusitada velocidad pensando cuántas personas se habrían enterado por boca de Mari del suceso del supermercado en los minutos transcurridos. Dolores llegó jadeante a su puerta y tras sacar las llaves de su bolso, necesitó detenerse unos segundos para recuperar el aliento.
 Una vez en casa, dejó la compra sobre la cómoda, donde aguardaba impasible el maldito monedero. De repente, un leve carraspeo impidió que Dolores cogiera el monedero y levantó la cabeza hacia la ventana, de donde provenía el sonido.
 Allí estaba ella, con su imponente presencia, su raída túnica negra, su guadaña en la huesuda mano y una capucha que apenas permitía vislumbrar su rostro. Ver a La muerte de frente no le provocó un susto, ni un escalofrío, ni siquiera daba miedo. Por el contrario, Dolores sintió indignación, cabreo… esto no podía pasarle a ella en un día como hoy.
Con una ambigua y quebrada voz, La muerte preguntó:
-¿Dolores García Duarte?
-Sí, soy yo. Respondió firmemente.
-Me temo que ha llegado el momento de partir.
Dolores quedó callada y cabizbaja unos segundos. Respiró hondo y dijo:
- Imagino que no será costumbre hacer excepciones, pero me gustaría que me concediera unos minutos más, sólo unos diez minutos más, a lo sumo quince. Si tiene usted la bondad…
Una carcajada interrumpió la súplica de Dolores. La muerte, sorprendida por la inusual ocurrencia, permitió a Dolores que se explicara un poco más y entonces ella le relató lo acontecido en el supermercado.
- Por favor. Concluía Dolores. Jamás me perdonaré subir al cielo dejando una deuda por cumplir.
A La muerte siempre le llamaba la atención la seguridad con la que todos sus clientes, por llamarlos de alguna manera, afirmaban que subirían al cielo. Cansada de tanta explicación comentó a Dolores, que el hecho le parecía insignificante y por tanto, insuficiente. Mientras dijo esto, tendió ante Dolores su mano izquierda invitándola a que le acompañara.
 Dolores oyó como en el piso de Mari ya había actividad, su habitual cantinela  lo dejaba patente, así que se armó de valor y elevando el tono de voz de una manera admirable, teniendo en cuenta ante quien se estaba midiendo, dijo:
-Escúcheme bien, durante toda mi existencia he cumplido de manera estricta con todos mis compromisos y responsabilidades. Esta virtud me ha definido y acompañado durante muchísimos años. No voy a tolerar marcharme de aquí dando la oportunidad de que alguien piense que me fui  dejando algo por hacer. Así que le exijo que me conceda diez minutos más de vida.
 La muerte quedó enmudecida, nunca había presenciado una osadía igual. Dolores, orgullosa de su firme declaración de intenciones, interpretó el silencio de La muerte como una concesión a su demanda. Sin esperar respuesta alguna, se dio la vuelta y cogió el monedero de la mesa. Antes de salir de casa se aseguró que contenía la cantidad de sobra para pagar a Mari y se dispuso a bajar al primer piso. Durante unos segundos sopesó la idea de utilizar el ascensor ya que ahora no iba a poder disponer de él nunca más, pero prefirió mantener con orgullo sus costumbres hasta el último momento. Con una mano agarrada a la barandilla, bajó tranquilamente los escalones. Cualquier otra persona a quien le hubieran concedido una mínima tregua antes de una muerte segura, aprovecharía para otros menesteres como despedirse de alguien o realizar inútiles exámenes de conciencia. Pero Dolores estaba literalmente entregada al cumplimiento de su deuda y sorprendentemente, no estaba nerviosa en los que eran sus últimos minutos de vida. Llevaba años mentalmente preparada para este momento y, salvo lo ocurrido ese día, tenía la conciencia más que tranquila.
 Al llegar a la puerta de Mari, observó que estaba simplemente entornada. Mari solía dejarla así durante el día porque constantemente pasaba al piso de enfrente, donde vivía su hermana, Juani. Dolores llamó al timbre pese a que la puerta no estaba cerrada. Al ver que nadie salía a recibirla y como el tiempo apremiaba, se saltó una más de sus costumbres y entró en casa ajena sin ser previamente invitada. Avanzó por el recargado recibidor plagado de marcos de fotos y aprovechó para ir sacando el dinero del monedero. Entró en un pasillo desde el que se accedía por un lado a la cocina y por otro al comedor, como en su piso. Empujó suavemente la puerta de la cocina llamando a Mari una y otra vez. Lógicamente Mari debía estar allí guardando su compra… Y allí estaba.
 El cuerpo de Mari yacía bocabajo sobre el suelo de la cocina. Las monedas se desprendieron de la mano de Dolores y rodaron en el suelo hasta chocar con el cuerpo de la fallecida, como ovejas que vuelven a su redil. Una moneda descarriada se mantenía girando sobre sí misma a unos centímetros del cuerpo de Mari, hasta que el pisotón de La muerte la dejó fija en el suelo. Dolores contemplaba la escena con estupor. Con voz temblorosa dijo:
-¿Cómo has podido hacerme esto?
La rabia de Dolores dio paso a unas abundantes lágrimas que cruzaban su rostro de indignación.
 Haciendo memoria, la muerte no se había topado jamás con una clienta tan atrevida y poco respetuosa. En ese momento, cansada e irritada por el comportamiento de la anciana, pronunció unas palabras que a Dolores le resultaron muy familiares:
-Escúcheme bien, durante toda mi existencia he cumplido de manera estricta con todos mis compromisos y responsabilidades. Esta virtud me ha definido y acompañado durante muchísimos años. No voy a tolerar marcharme de aquí  dando la  oportunidad de que alguien piense que me fui dejando algo por hacer.
 La muerte, que ya llevaba retraso en su plan de esa mañana, se esfumó llevándose consigo el alma de la pobre Mari. Su imagen se fue haciendo cada vez más imperceptible hasta que finalmente desapareció por completo.
 Dolores se arrodilló junto al cuerpo inerte de su vecina, completamente atónita  por lo que le había sucedido. Una a una, recogió en silencio las monedas y las volvió a guardar en el monedero. Apoyándose con dificultad en una silla se puso en pie y salió de aquella cocina arrastrando los pies. Podría haber aprovechado para avisar a la hermana de Mari, pero se encontraba tan mareada que decidió subir a su casa y encontrar la manera de asimilar la situación.
 Durante los seis años siguientes hasta su muerte, Dolores vivió atormentada con la idea de estar disfrutando de unos años de vida robados a Mari. Desde ese fatídico día, la culpabilidad se había apoderado de su cuerpo como un nuevo y perenne atuendo, un pesado lastre que acabó minando su salud hasta que ya no podía ocuparse de sí misma.
 Sus hijos acordaron llevarla a una residencia, donde murió tranquilamente una noche mientras dormía en su habitación. Los últimos años apenas había salido de ese pequeño y sencillo dormitorio. Confinada entre esas cuatro paredes donde a saber cuántas personas habían vivido antes, hecho que la nueva Dolores ya no tenía en consideración. El día de su muerte, cuando procedieron a levantar el cuerpo de la cama, observaron que su puño derecho agarraba con fuerza un monedero. Algo inusual, ya que en la residencia los internos no necesitaban dinero. Cuando uno de los auxiliares pudo extraer de sus rígidos dedos el monedero, lo abrió por curiosidad y vio que había 1 euro con 56 céntimos acompañados de una nota que decía: Para Mari

miércoles, 22 de agosto de 2012

¿A QUÉ TE DEDICAS?... A BEBER.


A finales de los ochenta, el escritor norteamericano Charles Bukowski recibe el encargo de escribir un guión cinematográfico por parte de un entusiasta director de cine francés. Con ciertas reticencias, acepta el encargo y de ahí surgió la película "Barfly (El borracho)" de Barbet Schroeder con Mickey Rourke y Faye Dunaway. El guión, como la mayoría de novelas de Bukowski, estaba basado en experiencias propias del autor protagonizadas por su alter ego Henry Chinasky: un poeta que malvive entre un sucio apartamento y la barra de un bar y que, entre trago y trago, escribe sus inquietudes y versos.
Bukowski estuvo presente en el proceso de financiación de la película y posterior rodaje, lo que le permitió entrar en contacto con el mundo hollywoodiense. Los entresijos de la meca del cine, sus personajes extravagantes, caprichosos, desequilibrados y en definitiva, todo lo que hay detrás de una película que nunca llega al espectador, motivó a Bukowski a escribir esta novela.

Charles Bukowski (1920-1994)

En "Hollywood" el autor comienza desde el ofrecimiento de escribir el guión de "Barfly" hasta tiempo después de su estreno. Como lector no  llegas a saber del todo qué pasajes son reales y cuáles ficticios, pero para curarse en salud, los nombres de los protagonistas reales están cambiados: Jon Pinchot en Barbet Schroeder, Jack Bledsoe es Mickey Rourke o Francine es Faye Dunaway. Resulta divertido encontrar personajes en la novela que, pese al nombre cambiado, son fácilmente identificables como David Lynch, Isabella Rosellini, Coppola, Godard...
 "Hollywood" es un libro divertido, de lectura ágil y cómoda, con momentos que verdaderamente me hicieron reír. Su ritmo esta marcado por las innumerables copas y botellas descorchadas que su autor/protagonista consume sin parar. La imagen del Hollywood entre bambalinas que presenta es, como era de esperar, materialista y superficial. Un mundo donde los verdaderos artistas han de hacer esfuerzos descomunales para que su obra no se vea absorbida por las normas de la industria. 

Bukowski en el set de rodaje con Faye Dunaway y Mickey Rourke.

Una vez leída, te entran muchas ganas de ver "Barfly (el borracho)" de 1987 , una de las opciones más fáciles es verla online en Youtube: 

Es curioso encontrarte con aquellas escenas cuyo rodaje  está contado en el libro con detalles que explican más su resultado final, e incluso aquellos momentos que no estaban en el guión inicial y que fueron peticiones de los actores al autor. Bukowski, con gran generosidad, reescribió un par de escenas para que los protagonistas se lucieran.
 La película, pese a que en su día recibió críticas desiguales, me ha parecido magnífica. Opino que retrata muy bien el ambiente creado por el autor y consigue extraer la belleza y poesía de un entorno mugriento y desagradable. Sus intérpretes dan en el clavo con los personajes y aunque Rourke recibió críticas negativas por su sobreactuada  interpretación de Chinaski, Bukowski quedó satisfecho con su trabajo. De todas formas, probablemente lo mejor de la película siga siendo el guión de Bukowski, perfectamente armado y con estupendos diálogos.
 Quizás se disfrute más si previamente se lee "Hollywood" como ha sido en mi caso, así que os recomiendo su entretenida lectura antes de ver la película. 

domingo, 12 de agosto de 2012

SEXISMO VERBENERO

El machismo en las letras de las canciones no es cosa del pasado. Desgraciadamente no se ha quedado en antiguas canciones de Manolo Escobar como "No te cortarás el pelo", "No tengas celos" o ese gran clásico que es "La minifalda" con frases que son auténticas perlas del machismo musical ( "A mi novia le he prohibido que vaya sola a la plaza", "No me gusta que a los toros te pongas la minifalda"). En la actualidad, a pesar de los avances conseguidos, estilos musicales como el rap o el reggaeton contienen algunas de las letras más denigrantes para el sexo femenino. 
 Este verano, en alguna noche alargada algo más de la cuenta, he tenido la oportunidad, más que el honor, de presenciar un par de discotecas móviles que los ayuntamientos tienen la bondad de ofrecer a sus jóvenes en  plazas, frontones y polideportivos. Además de constatar como el reggaeton que personalmente detesto, monopolizaba la selección de temas musicales del DJ, resulta curioso como sus letras iban del empalago más cursi a la obsesión por el meneo y movimiento de trasero de las mujeres.

La cadena de supermercados Sainsbury's anunciaba este disco recopilatorio ideal  para las tareas del hogar. Hasta ahí bien, el problema es que lo recomendaba como regalo del día de la madre.

 Esta tortura musical me recordó una anécdota ocurrida hace unos veranos. Estábamos disfrutando de una orquesta en directo en las fiestas del pueblo de una compañera. Siempre he defendido a estos músicos de carretera, auténticos currantes que igual te cantan a la perfección el éxito de turno como montan un foco en el escenario. El caso es que la orquesta  se estaba dando un merecido descanso en el intermedio de su espectáculo y una discomóvil improvisada amenizaba la espera. En ese momento empezó a sonar un merengue con el impactante título de "Te compro tu novia". Todos nos miramos incrédulos al escuchar las bestialidades que impregnaban las estrofas de la canción: 

 Te compro tu novia 
                                                                   pues tú me has dicho como es ella 
                                                                   y me gustó la información. 

                                                                   Te la compro 
                                                                   pues nunca he tenido suerte 
                                                                   con las que he tenido yo. 

                                                                   Te compro tu novia 
                                                                   no voy a regatear el precio 
                                                                   ni de pronto el valor. 

                                                                   Te la compro 
                                                                   no creo que saldría cara 
                                                                   ni aunque cueste un millón. 


Parecía que éramos los únicos en darnos cuenta de la letra, pues el resto de la gente que ocupaba la plaza (familias, adolescentes, niños...) bailaban tranquilamente. La canción continuaba y su letra aún  resultaba más escandalosa, lo que enfurecía especialmente a dos amigas del grupo.

                                                                   Pues tu me has dicho que 
                                                                   es linda y apasionada 
                                                                   y es buena y adinerada 
                                                                   no cela nunca por nada 
                                                                   y sabe hacerlo todo en la casa. 

                                                                   No sale ni a la esquina 
                                                                   no habla con la vecina 
                                                                   no gasta y economiza 
                                                                   y todo lo resuelve tranquila. 

                                                                  Véndela, véndela 
                                                                  o dile a su madre que me fabrique otra igualita. 
                                                                  Véndela, véndela 
                                                                  si quiere una mia por ella te las cambio toditas. 

La letra hablaba por sí sola y mis indignadas amigas decidieron ir al DJ a protestar por esa elección y a exigir que no la pusiera más por ser altamente ofensiva. El DJ, sorprendido por la inusual reivindicación, alegó la aceptación popular del tema en su defensa... Probablemente fue lo primero que se le ocurrió, porque dudo mucho que esta canción de un tal Ramón Orlando sea tan popular en España. Sé que a algunos os parecerá exagerada la actuación de mis amigas, pero pensad que si no fuera por estos pequeños gestos estaríamos favoreciendo de algún modo que se asuman como normales las virtudes de buena esclava que reza la canción. Además, lo deseable hubiera sido que , en vez de reírnos por las burradas de la canción, alguno de los chicos hubiéramos colaborado en la protesta. El sexismo, venga de un lado o del otro, ha de ofendernos a todos por igual.



lunes, 16 de julio de 2012

TENER O NO TENER... UN GATO


La idea de tener un gato le rondaba la cabeza desde hace unos meses. Los consideraba unos animales bonitos y que podían proporcionarle la compañía perfecta en su piso. Le apetecía sentir una presencia amable en su entorno e incluso tener la responsabilidad de atender al animal en todos los cuidados necesarios. Además, sabía que los gatos no implicaban tanta dependencia como los perros, pero algo la frenaba a la hora de tomar la decisión. 
 Ella era una mujer independiente, moderna y al tanto de las últimas tendencias en diseño, arte y cultura. Mezclaba con naturalidad la proyección de una imagen sofisticada de sí misma con un carácter abierto, divertido y dulce con el que se integraba perfectamente en todo tipo de entornos. Del mismo modo, congeniaba con un amplio abanico de amistades, así que, cuando el trabajo se lo permitía, disfrutaba de una buena diversidad de actividades de ocio. La idea de adquirir un gato simplemente iba a hacer más agradable sus horas consigo misma en casa.
 Aunque tenía personalidad sobrada para no hacer caso de tonterías y tópicos, había un cliché relacionado con las mujeres solteras y los gatos que le resultaba incómodo. Su estado sentimental no era para nada definitivo y era absurdo que la presencia de un pobre gato supusiera un síntoma de soltería permanente o de condena a una futura relación estable. Cuando se ponía a pensar en ello le asaltaban imágenes como ésta:


No quería acabar siendo una vieja solitaria rodeada de gatos, o lo que es peor, no quería que un gato fuera el inicio de una irremediable degradación mental: "la loca de los gatos" se decía a sí misma riendo. Sabía que exageraba pero no acababa de decidirse, especialmente cuando veía noticias como la de esta mujer rusa: 


Pero un día cayó en la cuenta de otro tópico gatuno diametralmente opuesto a los anteriores... Audrey Hepburn en "Desayuno con diamantes". Aunque ella no necesitara proyectar ningún tipo de imagen más que la de ser ella misma, ese icono de la sofisticación y elegancia que desprendía la mítica película romántica, le hacía mirar con otros ojos la idea de tener un mimoso felino.



Era cierto que durante la película, el personaje de Audrey pasaba por dramáticos altibajos, pero su gato siempre estaba para darle una dosis de afecto. Además, es gracias a su gato que su historia de amor culmina de la mejor forma posible. Al recordar esta escena, este cliché eclipsó a todos los demás y ya no tuvo ninguna reserva en comprarse un gato. Eso sí, esta decisión sólo podía ser revocada en el caso de que aquel afortunado que tuviera el honor de ser el hombre de sus sueños, fuera alérgico a los gatos.


Para aquella que se va a sentir aludida con sólo leer el título

martes, 10 de julio de 2012

EL ÁNGEL DE LA PLAYA


De entre las múltiples preguntas que suelen hacer los alumnos, la que probablemente me da más rabia es: "¿Y esto que explicas para qué me sirve?"  Reconozco que hay ocasiones en las que es algo complicado dar una buena respuesta, pero lo peor es que esta queja te indica que lo que les estás contando no tiene mucho interés para ellos.
Hace unos días llegó a mis manos el relato real de Tilly Smith, un ejemplo de cómo atender las explicaciones del  profesor puede salvarte la vida. El próximo curso, contaré esta historia sin dudarlo al primero que me haga la dichosa preguntita :

En diciembre de 2004 la británica Tilly Smith de diez años de edad, estaba en Phuket (Tailandia) pasando las vacaciones de Navidad junto a su familia. La mañana del 26 de diciembre, Tilly estaba dando un paseo por la playa junto a su madre y observó una serie de extraños fenómenos en el agua: había como un burbujeo incesante en la superficie y un brusco retroceso del agua en la orilla. Del mismo modo, observó como unas embarcaciones en el horizonte se movían como afectadas por un violento oleaje. Tilly no tardó en relacionar todos estos indicios con lo que su profesor de Geografía, Andrew Kearney, les había explicado en clase dos semanas antes. Sin duda, ese anómalo burbujeo y esos movimientos eran los indicios de un tsunami.
  Tilly alertó a su madre, quien en principio no tomó muy en serio las advertencias de su hija. La niña se exaltó de tal manera que su madre accedió a volver al hotel. Segura de sí misma, Tilly convenció al personal de seguridad del hotel para que organizaran el desalojo de la playa. En unos minutos, casi un centenar de clientes subían por las escaleras del edificio mientras la gran ola arrasaba la costa. El nivel del agua llegó hasta la segunda planta del hotel.
Aunque el devastador tsunami de Tailandia tuvo más de 200.000 víctimas mortales, la proeza de Tilly contribuyó a salvar la vida de un centenar de personas entre turistas y personal del hotel. De regreso al Reino Unido, Tilly fue recibida como una heroína y la prensa sensacionalista la etiquetó con el nombre de "El ángel de la playa". Durante algunos meses, Tilly desarrolló una fobia al mar debido al impacto sufrido. Hoy en día, ha superado su pánico al agua y de hecho, regresó a Tailandia en el aniversario del desastre para ser condecorada por su acto de valor.

Ya puede estar bien orgulloso el Sr. Kearney, y no sólo porque sus alumnos le escuchan con atención sino porque son capaces de aplicar en la vida real lo aprendido en clase... el culmen de todo proceso de aprendizaje.


 A todos mis compañeros docentes, para que no decaiga vuestro ánimo ante nuestro particular tsunami en forma de colosal e implacable tijera