martes, 15 de mayo de 2012

LA CHICA QUE LLORABA EN CLASE


En los últimos 11 años que llevo impartiendo clases en academias, institutos y algún domicilio particular, habré atendido a cerca de un millar de alumnos. La cifra abruma y lógicamente no puedo recordarlos a todos, mucho menos sus nombres. Hay algunos alumnos que, para bien o para mal, han dejado una huella firme en mi memoria, y por eso no he podido olvidar sus nombres. Pero a pesar de esto, de vez en cuando tengo que revisar los cuadernos que guardo al finalizar cada curso y refrescar la memoria.
 Esto me ocurrió hace poco cuando vi a una antigua alumna en un centro comercial. Aunque su nombre no me vino a la mente , rápidamente la reconocí como "La chica que lloraba en clase".
Era una alumna que cursaba 1º de la E.S.O. en un centro donde trabajé hace ahora 3 cursos. Era extremadamente tímida e inaccesible. Solía sentarse sola y era aplicada en el trabajo, pero parecía que no prestaba la suficiente atención. Durante el transcurso de algunas clases, se ponía a llorar desconsoladamente sin ningún motivo aparente. Nadie se había metido con ella ni la había provocado de ninguna manera. Sus compañeros la miraban extrañados y tratabas de calmarla, pero resultaba difícil alejarla de su tristeza.
Enseguida nos informamos de sus detalles familiares y no había nada realmente grave o preocupante: vivía con su madre y sus abuelos en un ambiente estable. Fuera del instituto se relacionaba únicamente con sus familiares, protegida, quizás excesivamente, en un entorno de adultos. A sus doce años, no tenía ningún amigo de su edad. Además, no había nadie en su curso que proviniera del mismo colegio que ella. 
 Animamos a sus compañeros de clase para que la integraran en el grupo, pero ella se mostraba reacia. Era desolador verla en el recreo apoyada en una pared con su bocadillo observando a la ruidosa multitud invadir el patio entre gritos, risas y balones cruzándose de un lado a otro. Daba pena ver cómo no estaba disfrutando de unos años que deben estar llenos de diversión, pequeña rebeldías, nuevas experiencias y aprendizajes que curso a curso van construyendo la personalidad propia. Imagino que no supo asumir el cambio que se vive al pasar de un colegio al instituto. Ese ambiente bullicioso; los pasillos repletos de gente yendo de un aula a otra; la amplia gama de caracteres, grupos y estilos que pueden concentrarse entre las paredes de un aula... Todo ello la aturdió, le vino tan grande que no supo reaccionar. Se vio por primera vez en su vida en la tesitura de tener que hacer amigos, relacionarse y no sabía cómo.
Meses después dejó de llorar en clase. No era un ejemplo de sociabilidad  pero había hecho tímidos avances: sonreía medio a escondidas ante las ocurrencias de algún compañero y participaba en clase si se lo pedías. Acabó el curso y me quedé tranquilo al pensar que en unos meses más su grado de integración sería el adecuado. Nunca volví a ese centro.

* * * * *
Hace unos días estaba echando un vistazo en la sección de música de un gran almacén. Vi a un grupo de 3 chicas que se paseaban por esa zona. Ella era una de ellas. Ahora tendría unos 16 años, se había puesto guapa para salir con sus amigas, incluso se apreciaba sutilmente un poco de maquillaje en su cara. Reía con sus acompañantes irradiando esa autosuficiencia adolescente tan característica, esa actitud tan ingenua y a la vez entrañable de creerse capaz de comerse el mundo. Se la veía feliz, libre y desinhibida. Me quedé contemplándola unos segundos y me alegré de comprobar que sus problemas habían terminado. El que en muchos casos es el difícil tránsito de la adolescencia, estaba pasando por ella de forma natural y sin complicaciones. Me dio rabia en ese momento no recordar el nombre de la chica que lloraba en clase. Cuando llegué a casa, fui corriendo a revisar mis cuadernos de profesor en busca de su nombre.

                                              

domingo, 22 de abril de 2012

CAÑAS Y BRAVAS


El camarero puso sobre la mesa una jarra de cerveza y una ración de patatas bravas. Olga empezó llenando las copas de Julio y Judith y dejó la suya para el final. Julio relataba cronológicamente las anécdotas de la noche anterior mientras Judith leía con atención el periódico. El monólogo de Julio se transformó en un debate con Olga en el que trataban de consensuar cuál era la cantidad exacta de gin-tonics que Julio tendría que haberse tomado para evitar tener esa desagradable resaca. Su aspecto, cadavérico y lamentable, contrastaba con la belleza de la soleada mañana de domingo junto a la playa.
 Olga empezó a atacar el plato de patatas ante la cara de repugnancia de Julio, que sentía náuseas sólo con el olor que desprendían. Judith, cansada de la estúpida conversación de sus amigos, reprendió a Julio sin levantar en ningún momento la vista de las páginas del diario. En pocas palabras le dijo que ya tenía una edad para esos excesos y para saber cuándo una copa empezaba a estar de más.
 En ese momento, Víctor y Rosa se acercaban por el paseo marítimo en dirección a la mesa de sus amigos. Víctor llevaba en brazos a Samuel, que empezó a señalarles y a saludar sonriente. Tras el intercambio de besos, apretones de manos y el pequeño Samuel pasando de brazo en brazo, Víctor y Rosa se sentaron en las dos sillas que les aguardaban. Rosa sacó de su bolso un dinosaurio verde de peluche y un coche de plástico con ojos en vez de faros y los puso sobre la mesa entre las copas y el aperitivo. Samuel, sentado en el regazo de su padre, cogió el dinosaurio y simuló que éste caminaba entre las copas por toda la mesa mientras fingía un monstruoso alarido. Víctor llamó al camarero y pidió dos copas más, una tapa de calamares y otra de ensaladilla, mientras miraba a sus amigos buscando la aprobación de su demanda.
 Tras ser preguntada por Olga, Rosa empezó a contar que en su empresa estaban con un E.R.E. y que, aunque no era una situación deseable, al menos podía recoger al niño a tiempo de la escuela y prescindir de la ayuda de sus padres. A Olga le maravillaba la capacidad que tenía su amiga para sacar  el lado más optimista de cualquier mala noticia. Víctor dejó por un momento de hacer muecas para provocar la risa de su hijo y cambió radicalmente el tema de conversación. Unos familiares suyos les iban a prestar una casa en Altea durante la primera quincena de Agosto y proponía a sus amigos que se apuntaran al plan, ya que había sitio de sobra para todos. Julio, que ya se había lanzado a probar bocado, se mostró de acuerdo con la invitación. Este año con tantos recortes salariales veía muy difícil poder pagarse un viaje en verano como solía hacer siempre.
 Judith salió por fin de su abstracción cerrando y plegando el periódico. Lo dejó caer con contundencia sobre la mesa y con cierto enfado dijo que ya era lo suficientemente consciente de que España se estaba resquebrajando como para seguir leyendo noticias pesimistas. Dicho esto, se bebió su copa casi de un trago ante la atónita mirada de Samuel. Cuando dejó la copa vacía sobre la mesa, se limpió los labios con una servilleta de papel y guiñó el ojo al pequeño. A Víctor le hacía gracia ese carácter tan duro de Judith y esas frases que lanzaba como sentencias de muerte. Quizás le gustaba este aspecto porque sabía que  debajo de esa coraza,  Judith escondía una fragilidad y ternura sólo apreciable por quienes la conocían de verdad.
 Julio empezó a contar a Rosa cómo anoche había perdido las llaves de su piso y tuvo que ir hasta donde vivían sus padres para recoger la copia que ellos tenían. Rosa comenzó a reír mientras con un gesto disuadía a su hijo de coger un trozo de patata. Sabía que eran demasiado picantes para él. Rosa reía siempre en un tono escandalosamente alto y Víctor miraba avergonzado a las mesas de alrededor por si las carcajadas de su mujer podían molestar a alguien.
 El camarero trajo por fin las tapas que faltaban y se dispuso a tomar nota de la comida. Víctor, emulando a un entrenador deportivo, pidió la atención de todos para decidir si pedían menú o encargaban un arroz.
 Olga disfrutaba con los roles que se establecían en ese pequeño grupo: Julio los divertía; Rosa siempre tenía palabras de ánimo, al contrario de los continuos dardos que lanzaba Judith y Víctor era como el padre que velaba por la protección de todos. Pensando en esto, se preguntó qué papel desempeñaba ella en el grupo, si ella aportaba alguna faceta que se complementara con el resto. Quizás la respuesta la tendrían que dar los demás... De repente se sintió ausente, a una cierta distancia de ellos y comenzó a observarles en silencio. Mientras sus amigos hablaban, reían y se miraban con complicidad, se sintió feliz de formar parte de ellos. Deseó que esa sensación perdurara en el tiempo más allá de ese simple aperitivo de domingo. No iba a tolerar que nada estropeara ese momento, así que decidió cambiar ligeramente su propósito y esperaría al final del día para comunicarles el irremediable diagnóstico del médico.

martes, 10 de abril de 2012

EL CLÁSICO DE ESTE AÑO: EL GRAN GATSBY


El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald


En mi, más endeble que firme, propósito de lecturas, está el de leer como mínimo un clásico por año. Si el año pasado disfruté con "Madame Bovary" este año le tocó el turno a "El gran Gatsby" de Francis Scott Fitzgerald. Además, esta vez el libro venía altamente recomendado por un par de amigos, así que difícilmente podía defraudarme. 
 La historia que nos cuenta es un retrato de la alta sociedad norteamericana en la época que transcurre entre la Primera Guerra Mundial y el crack del 29, período conocido por diversos nombres como los locos años veinte, la era del jazz etc. En medio de este panorama se nos presenta a la figura de Jay Gatsby un excéntrico millonario de pasado misterioso y envuelto en los más diversos rumores. Gatsby es conocido por sus multitudinarias fiestas en su mansión, eventos que están descritos de manera formidable en el libro. A medida que la novela avanza, vas descubriendo que dentro de esa figura pública excesiva y megalómana se esconde un hombre desesperado y una amarga historia de amor. A partir de este momento, el libro se convierte en un mazazo contra el llamado sueño americano o la lucha de clases y el conocido como "gran" Gatsby va haciéndose pequeño mientras la historia se va haciendo más fascinante para el lector.
En definitiva, un libro de lo más recomendable y que, para los lectores más perezosos, tiene la virtud de ser devorado en un santiamén. Ahora que ya lo he leído me muero de ganas de ver la versión cinematográfica que hizo Jack Clayton en 1974 con Robert Redford y Mia Farrow.


Y si no es posible, podré esperar unos meses para ver la nueva versión que prepara Baz Luhrmann (Moulin Rouge) con Leonardo DiCaprio, Tobey Macguire y Carey Mulligan.


lunes, 19 de marzo de 2012

DEL DIBUJO A LA FALLA

Amy Winehouse del boceto al ninot

 Cuando era pequeño me apasionaban las fallas, no la fiesta en sí ni tirar petardos, a mí lo que me encantaba eran los monumentos. Cada año mis padres me planificaban las rutas de los cuatro días de fiestas y veíamos tantas fallas como nos era posible. No recuerdo exactamente cuántas éramos capaces de ver pero sí que poníamos una marca en los bocetos de la revista "El turista fallero" sobre cada una de las fallas vistas. Hay que aclarar que una falla era considerada "vista" si se le había dado la vuelta completa. De esas largas caminatas sobre el mapa de Valencia me ha quedado un práctico conocimiento de los nombres de calles y de aquéllas con las que se cruzan sólo por el hecho de que ahí plantan una falla. 
 Esta afición infantil y algo obsesiva también se plasmaba en innumerables dibujos de fallas diseñadas por mí y en otras que realizaba en el suelo de mi cuarto con juguetes y, cuando mi madre no estaba, añadía a mis creaciones relojes y figuras de decoración de la casa. No era un simple apilamiento de juguetes y muñecos en equilibrio, cuando yo hacía o dibujaba una falla, tenía siempre una idea en mente y un tema en el que basar mi particular monumento. De ahí que durante un tiempo, a la típica pregunta de "¿Qué quieres ser de mayor?" yo respondía: "constructor" de fallas... En vez de artista fallero que es más apropiado. Esto tampoco es muy relevante porque en otra temporada me dio por decir que quería ser cobrador de peajes, supongo que lo relacionaba con viajes de verano con mis padres e imaginaba que eran personas que iban siempre de aquí para allá.
 El caso es que cuando me enteré que mi hermano Santi (dibujante, pintor y artista al fin y al cabo) iba a diseñar una falla infantil para las fiestas de este año me hizo especial ilusión. Es cierto que nunca una falla sale exactamente igual que en el dibujo planteado pero creo que el artista Guillermo Rojas ha hecho una buena falla a partir del boceto de mi hermano. Esta falla infantil que arderá irremediablemente esta noche, trata sobre la música y los artistas más importantes de los últimos años, con especial mención a los que nos han dejado más recientemente.Una simpática creación donde en más de un "ninot" se puede apreciar el estilo de mi hermano. Espero que el próximo año vuelvan a colaborar... desempolvaré de mi azotea mental viejas ideas infantiles por si les puede servir de ayuda.



lunes, 12 de marzo de 2012

CARCAJADAS TERAPÉUTICAS

ANTES

 Mi amiga Nuria quería que la  celebración de su 35 cumpleaños fuera diferente y planificó una apretada agenda de actividades desde la mañana hasta altas horas de la noche. Algo así como una boda gitana pero en versión aniversario treinteañero. La primera cita era nada menos que una sesión de una hora de risoterapia en una academia de teatro de Russafa. La verdad es que no sabíamos muy bien con qué nos íbamos a encontrar y si iba a ser algo divertido o más bien una chorrada.
 Dicen que la risa es un divertimento de lo más sano, que produce endorfinas,  ejercita multitud de músculos, elimina toxinas, oxigena el cuerpo o libera tensiones cervicales... También dicen que genera arrugas en el rostro, pero eso no me preocupa tanto, ya que estoy acostumbrado a que siempre me echen mas años de los que tengo.
 Las risoterapias consisten en una serie de juegos entre los participantes con el propósito de mantener al personal en un estado de diversión y dinamismo continuo. Reír, nos reímos y mucho, pero tenemos que admitir que somos un grupo de amigos que se presta a ello. No nos costó nada entrar en el juego y hacer todo tipo de payasadas en el mejor sentido del término, desde imitar y contagiarnos la risa a poner música a nuestros problemas. No pude evitar pensar en personas que conozco para las que una risoterapia sería un suplicio, pero no era el caso de ninguno de los que allí nos reunimos. Además, creo que la monitora se divirtió mucho con nosotros y nuestras ocurrencias.
 No creo que tuviera el mismo resultado con otros grupos de gente que no se conocen entre sí o entre los que no hay confianza. Hay algunos jefes que se empeñan en que sus empleados acudan a este tipo de eventos y no siempre sale bien.
Al finalizar la sesión, que tuvo momentos desternillantes que no voy a describir aquí, nos quedamos como si hubiéramos estado haciendo ejercicio durante una hora: cansados, sudados y muy relajados y contentos, es decir, que en cierto modo, la experiencia funciona. Alguno que otro se quejó de mandíbula dolorida, un efecto secundario de la terapia.  La jornada continuó con la mascletà, comida en un restaurante y tras unas horas de descanso, retomamos la fiesta por la noche hasta que el cuerpo dio de sí. Desde luego, un cumpleaños original y diferente, así que muchas gracias Nuria por la gran idea que tuviste.

DESPUÉS